Siempre he dicho que en el único lugar del planeta donde me siento una persona libre, en todo su amplio sentido, es en el escenario de un teatro. En este rectángulo especial, que se asemeja a las cajas de los magos, todo es posible.
A pesar de que todo es aparentemente artificial, cuando bailo en un escenario, mi cuerpo y mi alma se sienten fuertemente ligados a la naturaleza. Los teatros absorben y emanan todas las vivencias de los artistas y el público que por ellos pasan. Por eso si quieres conocer un pueblo, una ciudad o un país, basta con conocer sus teatros. Aunque no viaje por motivos de trabajo, siempre me acerco a conocerlos, a disfrutarlos. Recuerdo, con una claridad que siempre me sorprende, el primer teatro que pisé para bailar cuando tenía cuatro años. El teatro San Fernando de Sevilla. La sensación de frío en los pies y las tablas irregulares de su escenario, los dorados y la tapicería de sus butacas, la sensación de vacío y tristeza cuando supe que lo derribaron. Me acuerdo especialmente de mi actuación con Antonio Gades en el teatro de Itálica, ciudad romana a la afueras de Sevilla. Me sentí parte de su trayectoria milenaria. Los escenarios forman parte de la historia de la humanidad y siempre reivindico su importancia en la sociedad. Aspiro a que cobren el protagonismo que tuvieron en la época de su origen, en la que daban prestigio a la ciudad que los poseía. Al acercarnos a un teatro clásico, sus viejas, fuertes y monumentales piedras nos cuentan la vida misma.
María Pagés
(publicado en EL PAIS SEMANAL-INTROPASIONES) Mayo 2008
