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María Pagés o el arte íntimo y rotundo

 EL PERIODICO | JOSÉ CARLOS SORRIBES | BARCELONA |5/09/2010

María Pagés o el arte íntimo y rotundoLa bailaora flamenca exhibe su enorme magisterio en el Poliorama con un gran 'Autorretrato'

Salió María Pagés como una faraona el jueves del Poliorama. Más de cinco minutos de aplausos de un público enfervorizado desataron la apoteosis la noche del estreno de Autorretrato. La artista sevillana con apellido catalán recogía los bravos emocionada y agradecida, como todos los artistas del fenomenal espectáculo flamenco que, por fin, ha llegado a Barcelona tras dos años de triunfo por todo el mundo. En poco tiempo, Pagés ha dejado huella en la capital catalana de su enorme arte y de su valentía artística en dos proyectos tan dispares como el que maravilló en el Grec -Dunas, al lado del genial coreógrafo belga Sidi Larbi Cherkaoui- y este Autorretrato que lleva su sola firma y que condensa una trayectoria única.

Agitaba y agitaba sin parar Pagés, con sus brazos inacabables, el inmenso mantón amarillo que utiliza en uno de sus bailes para despedirse de los espectadores, entre los que se hallaban colegas como Rafael Amargo y Sol Picó. Era el mejor colofón para un soberbio espectáculo que nació hace dos años como un pequeño encargo de Mijail Baryshnikov para que ofreciera su cara más íntima y que creció hasta convertirse en un catálogo del magisterio de esta reina del flamenco.

TODO MEDIDO / Todo está medido, cuidado; nada sobra y nada falta. En escena, un fenomenal cuerpo de baile con tres hombres y tres mujeres, un cantaor y una cantaora no menos excelsos, dos guitarras, un cajón y un violín ocasional. Los músicos, todos, vestidos de etiqueta. No abundan las corbatas entre los flamencos, y en Autorretrato todos la llevan, incluido el cantaor Ismael de la Rosa.

El montaje se divide en bloques temáticos. En el primero, que abren una soleá y una farruca, un resultón juego con unos grandes espejos recrea el estudio de trabajo. Salen luego a escena unos enormes marcos que apuntan hacia un retrato familiar. Esos espejos y cuadros son parte de los escasos elementos escenográficos de un montaje desnudo, en el que el baile lo preside todo. Y más cuando María Pagés acapara las miradas con su poderío, tanto en el baile más alegre y rotundo como en el más recogido, con sus movimientos tan personales, a partir de unos brazos alados, y de un sentimiento de autenticidad plena. Innovadora y siempre curiosa, Pagés es, por encima de todo, muy flamenca.

Pero no duda en acudir a los versos de Machado, de su admirado Saramago, cuya voz en off se escucha cuando baila Mi refugio, o a los de Miguel Hernández, con unas emotivas Nanas de la cebolla. Tampoco falta el toque de un humor muy sabroso con los tanguillos de El trajín de María, donde recrea la ajetreada vida de la compañía. Tanguillos que la propia bailaora canta casi como si fuera un rap. Nada frena a la Pagés, una bailaora en la plenitud de su arte.