Utopía es una declaración de principios con forma de baile flamenco que nació de la admiración de la artista por el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer. Un humanista que a sus 103 años deja como legado la inconfundible sinuosidad de sus edificios y, sobre todo, la integridad, el compromiso y la solidaridad que han guiado su vida, convertida en inspiración y mensaje.
Utopía, que se estrenó el 8 de octubre de 2011 en el Centro Niemeyer de Avilés, es una reflexión emocional sobre el anhelo, la imaginación y el instinto de los seres humanos para soñarse a sí mismos en un futuro mejor. Un proyecto global en el que siete bailaores interpretan junto a Pagés la experiencia ética y estética del deseo, del inconformismo y de la utopía.
Fecha. Del 15 al 30 de diciembre de 2011 (24 de diciembre no hay función)
Sala. Teatro Español - Sala Principal
Horario. De martes a sábado 20h. domingos 18h.
Precio. Entradas de 4 a 22€. martes y miércoles 25% dto.
Duración 1h. 10min. aprox. (sin intermedio)
EL MUNDO, 10 de octubre de 2011/JULIA MARTÍN/Avilés
UTOPÍA
Idea, dirección y coreografía: María Pagés. Música y arreglos: Rubén Lebaniegos, Fred Martins, Isaac Muñoz y José "Fity" Carrillo. Iluminación: Pau Sullana. Escenografía y vestuario: María Pagés. Escenario: Centro Niemeyer de Avilés
Seguramente Utopía sea la última producción escénica que se vea en este magnífico centro Niemeyer, que verá suspendida su programación por no tener licencia de uso de las instalaciones a partir de noviembre, como consecuencia de la oposición del nuevo inquilino del Principado.
Peligra esta oda a la sencillez y al encuentro humano, que ha puesto a Asturias en la esfera internacional y a Avilés como un nuevo centro de turismo cultural. Soplando vientos de cierre, esta Utopía cobró un sentido trágico anteanoche, siendo en sí, todo un canto al optimismo. María Pagés lo ha concebido como un homenaje al gran humanista, a su arquitectura simple y curva, y a su concepto de la vida, de la integridad, del compromiso social.
La evocación aparece a veces textual en los movimientos de la sevillana, reproduciendo sinuosidades y esferas en su caminar. Otras veces el homenaje -no reverencial sino militante- está en la expresión poética del grupo, en juego con el espacio profundo, iluminados por unos focos sutiles que aíslan sus figuras como transeúntes de un universo que parece que investigan y disfrutan, aceptando su fugacidad.
La pieza fluye sin cortes y siempre dentro del canon flamenco. Es lúdica, esperanzadora en sus símbolos e imágenes. Están en el cante, con los versos de Benedetti, Cervantes, Machado, o Neruda, están en esas finísimas líneas curvas que usa de escenografía. La compañía, músicos y bailarines responden con seguridad y entendimiento, al unísono, con el cante aterciopelado de Ana Ramón, y la voz recia de Ismael de la Rosa, mientras María Pagés centra el mensaje con un poderoso ejercicio de dominio físico y mental.
Utopía resulta un montaje sutil, armónico y efectista, producto de su claridad de ideas sobre lo que quiere decir y cómo. Tiene el poder de la sencillez. Ejemplo son esas líneas mínimas con poder de sustancia expresiva, que enmarcan o expanden, encierran o ponen paisaje al baile. La luz por su aporte, es sutil pero fija la expresión y el mensaje de optimismo y de empuje anímico que tiene se recibe.
María se estrena con una farruca -coreografiada por José Barrios- de libertad y anchura de dibujo, en la que su silueta, vestida de malla negra, parece que sea el lápiz de Niemeyer con vida propia. El segundo solo la presenta como una vestal, quizá representación de todo el impulso vital de las utopías. Pinta el deseo, el vértigo y la convulsión: un fantástico momento visual que surge desde el clásico braceo poético que Pagés inició hace años bajo la voz de Saramago.
En las crestas de energía destaca el martinete, con una tensión emocional mantenida. Después unos tangos brasileros con letra de Niemeyer "esperando la noche". Todo un presagio. María Pagés terminó su precioso trabajo, con una bata de cola como símbolo del movimiento cósmico, en unas alegrías difíciles, que dominó -sólo un poco largas- representando los valles, nubes y mares que nombraban las voces.
Quedó aleteando como una alondra que se perdía en la oscuridad.